02 03 Escribiendo para vivir: Fragmento de "El escritor y el asesino" 04 05 15 16 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 31 32 33

Fragmento de "El escritor y el asesino"

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I.

No puedo evitar una sobrecarga de apatía cuando alguien dice envidiar mi juventud. Me siento contrariado al pensar que dentro de unos meses, posiblemente, esta apatía por seguir viviendo crecerá lejos de los límites de la cordura, y acabaré intentando jalar el gatillo.

Sin embargo no vivo encerrado entre cuatro paredes, desaliñado, mordiéndome las uñas y deseando la aniquilación de la raza humana. Camino por las viejas calles peatonales, pisando las losetas con la misma fuerza que imprimen las miles de personas que por ella transitan a diario, intentando fundirme en esa amorfa masa de gente que me vomita todos los días dos calles antes de llegar a la estación central.

Tengo una decena de amigos, que a pesar de no ser un gran número, son de mi entera confianza, y una hermosa novia con la que comparto más que mi afición por la literatura francesa. Cuando descanso bajo la mansedad de su pecho, me siento lejos de todo lo que parece exasperarme. Sin embargo, últimamente, he empezado a evitarla. Y por más que la extrañe, esto seguirá así hasta que decline mi plan – que parece lo más sensato - o hasta que finalmente en un arranque de adrenalina asesine a Julián Murillo, pues la posibilidad de un ataque bien planificado avinagra severamente mi humor. Sé que tan solo el hecho de pensarlo es malo, pero después de todo, se lo juré a papá abrazado de su cajón mientras me despedía de él hace dos meses y tres días.

El fue la única familia que tuve, y a pesar de que vivimos distanciados y recién hace exactamente un año retomamos contacto después de mi mudanza, conocí su entorno lo suficiente para saber que había sido asesinado, y que su verdugo no se trataba de otro que su mejor amigo desde la infancia, el loco Murillo.

Nunca había considerado este ajuste de cuentas como una opción, hasta que hace algunos días recibí una carta de la notaría. El cartero me atrapó en la puerta, y no pude evitarlo pues me sorprendió que con el email aun existieran los carteros, y su uniforme que lo hacía parecer un soldado británico de la segunda guerra mundial, ante las inclemencias del calor africano. Era la primera vez en mi vida que recibía una carta física del correo, y su contenido me impactó tanto que perdí el avión que me llevaría a cerrar un negocio al este del país. Papá me había heredado unos buenos miles de dólares y eso no podía ser otra cosa que una señal que él me daba desde arriba: “Ahí tienes las herramientas, ahora ve y haz tu trabajo”.

No pude dormir hasta que me inscribí en el club de tiro, y hasta que la solicitud de una pistola más un pequeño “aporte” an escupió como resultado un arma ligera que guardo celosamente bajo la mesita de noche. Ya me he encontrado con ella bajo la chaqueta recorriendo las calles en busca del rostro moreno y acerado del loco Murillo. Pero aún cuando lo hubiera visto, creo que no hubiera tenido el valor para disparar. Para matar al jefe de la mafia local no basta con un arma dorada con el ícono de un ave grabada en ella.

De pronto, en el computador he ido tecleando nombres, direcciones, viendo fotografías. Sin quererlo, voy barajando opciones y me he dado cuenta de la poca popularidad de Murillo. Sin duda es algo que puedo usar a mi favor. He diagramado una serie de probabilidades, llegando a una conclusión: no puedo hacerlo. Sin embargo la segunda premisa que deriva de mi vago razonamiento es la que eriza mi piel: alguien debe hacerlo por mí.

Aprovechando mis conocimientos del alemán, he empezado a divagar virtualmente mediante este idioma. Un resultado inesperado; un hombre que ofrece servicios de guardaespaldas promociona sus servicios con una perfecta gramática alemana. Ello llama mucho mi atención. La frialdad y sangre fria alemana, es célebre.

Llevo horas repitiendome en la mente que todo esto es mala idea, pero mientras las palabras intentan zanjarse en mi mente, los dedos son los que no obedecen a la razón y de pronto estoy marcándole al alemán para que en vez de protegerme, mate al asesino de mi padre, pues yo no tengo el valor para hacerlo.

Fragmento de una novela. (El escritor y el asesino)

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